Celina apartó la vista durante unos minutos de la gran hoguera en llamas, que antes ella llamaba casa.
La había despertado un ligero calor en el otro extremo de la habitación. Ese calor se había vuelto insoportable, y cuando abrió los ojos descubrió una serpiente de fuego corriendo por el suelo de madera. Ella llamó a su madre, pero no obtuvo respuesta alguna. Corrió sin demora hacia el piso de arriba, que daba al exterior, pero no encontró ni rastro de ella. El fuego parecía haber empezado en la chimenea, quizá un descuido, pero ella conocía lo suficiente a Orozia para saber que eso no tenía sentido alguno.
Se dispuso a correr al exterior. No se le ocurrió llevarse nada consigo, tan sólo le preocupaba saber dónde estaría su madre. Eran las últimas horas de la tarde y no tenía por costumbre ausentarse a no ser que fuese en la mañana, para ir al pueblo. La tarde la dedicaba a recoger plantas necesarias y preparar las medicinas que iba a vender. En cambio, solía estar lo suficientemente cerca de la tienda por lo que pudiese pasar.
Volvió la vista de nuevo hacia las llamas, que deboraban con ganas la pequeña tienda de madera, a causa, quizá, por la maleza que había entrado en la cabaña. Para Orozia ni Celina nunca había sido un estorbo, así que se ahorraron esfuerzos.
Sus pensamientos se alejaron al oír a gente gritar y correr hacia allí. Celina se apresuró a correr hacia el lago, dirección norte, porque conocía bastante aquel lugar y quizá pudiera encontrarse allí con su madre.
Sintió una punzada en el corazón al dejar atrás su hogar durante quince años, y, sin saber por qué, se sintió culpable al escuchar a los habitantes de pueblo gritar cuando llegaron a la tienda, ahora sin salvación.
~
Hilario Calisto llegó al pueblo en las últimas horas de la tarde, cuando el sol se despedía de aquellas tierras. Se detuvo al final del pequeño puente y contempló el triste paisaje de aquel lugar.
Era el lugar de la muerte. De la tragedia y la venganza. Un lugar perfecto para dejarte llevar por las sombras y desaparecer para siempre por lo que toman por humano. Desaparecer de aquel mundo, en el que sólo conocía el sufrimiento y la maldad.
Se apartó el pelo de los ojos con delicadeza, acariciando con la yema de sus dedos su suave piel morena. Se sentía cansado, necesitaba dormir.
Lo primero que haría sería buscar un alojamiento bueno, o lo mayormente bueno que podía encontrar en aquella ratonera. Alzó sus maletas del suelo y comenzó a andar, dirección perdida.
Realmente era el lugar perfecto. Las casas parecían quemadas por sus colores apagados, viejas por su madera y abandonadas por su dejadez. No existía un color cálido al que poder complacer a su vista. Se preguntó cómo sería todo aquello en primavera. Pensó como respuesta que allí no existiría tal palabra, sino que sería siempre otoño, o el invierno cercano que le pisaba los talones.
Intentó imaginar todo blanco por la nieve, pero sólo consiguió un estado más deprimente de todo aquello.



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