
Una calesa se detuvo en seco en frente de un pequeño puente de piedra, que daba el pasaje a la entrada del siniestro pueblo fantasma. El cochero tiró de las riendas con fuerza, intentando tener al caballo bajo control, pues se había puesto a relinchar y piafar furiosamente. Pero no consiguió nada; el animal no avanzó más allá del puente.
El hombre bufó antes de decir:
-Me temo que hasta aquí puedo llegar, Herr.
En parte lo agradecía, pero no quiso mostrar esos sentimientos al exterior. No quería entrar en aquel pueblo; ni él ni nadie -en su sano juicio-. Se rumoreaban cosas feas, lo suficientemente creíbles como para prohibir el paso inclusive a uno mismo.
La puerta del caruaje se abrió lentamente, y un joven muchacho, de ropajes formales y oscuros bajó de él. Cogió sus dos maletines de piel y, mientras tendía el dinero prometido al cochero, le sonrió, formando holluelos en su fina piel y haciendo que sus dos ojos color oro viejo se empequeñeceran con cierta simpatía. Esto le agradó el ambiente al cochero.
-Muchas gracias por el largo viaje, ha sido muy amable y se ha comportado fenomenal conmigo. No he tenido tiempo de aburrirme en todo el trayecto, se me ha echo bastante corto -sus dedos rozaron las del viejo hombre al dejar caer las monedas en sus manos-. Le estoy muy agradecido, se merece más monedas como propina.
Y le tendió cinco monedas más, que el hombre aceptó sin palabra alguna e inclinando la cabeza en señal de gratitud.
Le vio marchar, cruzando con paso lento el puente de piedra, construido sobre el río de aguas negras.
En realidad tan sólo había conversado un poco con él en las dos horas de viaje. Muy poco, de hecho, quizás veinte minutos solo. La mayoría del tiempo él había estado callado, mirando por la ventana pensativo. Ni se inmutó con las frías corrientes de aire que le golpeaban el rostro y hacía bailar sus cabellos negros.
Se tuvo que morder los labios para intentar no llamarle y preguntarle por qué había ido a aquel lugar tan muerto.
Era un chico joven,y no en el sentido comparado con él mismo, sino que no superaría los veinte años. Simpático, amable, quizá no muy sociable, pero rico en todos los sentidos.
Cuando le sonrió pudo captar un aire aturnino en su interior, distante. Pero estaba seguro de que todo aquello se debía a un momento malo que estaba pasando. Algún ser querido difunto, o la pérdida o escapada de una mujer. Parecía un hombre bastante apasional, de eso estaba muy seguro.
Pero si buscaba consuelo, sin duda aquel no era el lugar idoneo para encontrar una escapada a su pasado.
Miró el pueblo. Las casas eran de colores deprimentes, alguna que otra demasiado vieja como para que alguien pudiese vivir en ella. Pero vivía. Todas las casas estaban ocupadas.
La vista se le resbaló al cielo al notar una gota fría de agua en su mejilla. El cielo estaba oscuro por la caída de la noche. Siempre llovía por allí, en aquel sitio, en aquel pueblo.
Miró el puente. El chico había desaparecido. Miró al cielo al contecto con una segunda gota de agua. Pensó en quedarse aquella noche en el pueblo. El caballo encabritó.
Sacudió la cabeza, e hizo que el animal diese media vuelta y casi galopara hacia la ciudad. Ni siquiera se detuvo a encender los faros. Quería alejarse de allí cuanto antes. La noche le pisaba los talones, y parecía que ahí vivía la misma muerte y que le lamía la nuca con cada suspiro.
Dio un latigazo al caballo para que corriera más deprisa.
Ni muerto se quedaba una noche en aquel pueblo.



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